sábado, 12 de noviembre de 2011

El orígen del animismo y del pensamiento mágico



Animismo prehistoria - Image attribution:
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La relación cercana y vivencial de los primeros hombres con su entorno lo llevarían a una visión animista y mágica del mundo.

Mucho antes del desarrollo de las civilizaciones, nuestros antepasados nómadas de la prehistoria alejados de artificios sofisticados, estarían obligados a vivir de lleno en la naturaleza, a estar al tanto de los diferentes fenómenos del cielo y de la tierra, a fascinarse en su perfecta sincronía y percibir un sentido animado en todas las cosas.

El desarrollo de las habilidades físicas y sentidos

De manera previa, ante las desventajas físicas frente a bestias de igual o mayor tamaño, la evolución dotaría al hombre de una mente muy despierta y con la capacidad de anticiparse a los hechos. Sin embargo, un modo de vida en el que dependía casi por entero de su propia persona, lo mantendría en el uso pleno de sus habilidades físicas y sensoriales, tan necesarias en las tareas diarias de caza, y acecho y protección ante amenazas climáticas y de ataque de otros predadores.

Fue así como llegaría a convertirse en un hábil observador y escrutador del firmamento y de su entorno, y a ser capaz de detectar las señales más sutiles que precedieran algún cambio: el ensanchamiento o acortamiento paulatino de la órbita solar, una ligera variación en la humedad o unas nubes con una forma particular. Incluso, pudo ser capaz de percibir pequeñas variaciones en la conducta de animales y que lo alertaban de cambios en el ambiente.

La relación cercana de las cosas

Pero observar el mundo no solo debió ser algo obligado, o el único espectáculo al que podía entregarse; más bien debió ser algo absolutamente fascinante, en un tiempo en que era posible contemplar una bóveda celeste a cielo abierto y en plena oscuridad, sin más bruma que la natural, al igual que un horizonte despejado. El hombre podía atestiguar entonces la perfecta sincronía y encontrar una relación íntima, entre el movimiento de los astros en el cielo, los cambios climáticos en la tierra y la actividad de los seres vivos.

Por otro lado, en una relación muy cercana con otros seres vivos, y fuera de cualquier relación de predominio o servilismo, en su estado prístino, todo era digno de ser admirado: la fuerza en la garra del tigre, la delicadeza con que una flor que abría sus pétalos para aprovechar los rayos del sol, la flexibilidad de una rama joven y la dureza y resistencia de un tronco viejo. Muchos de estos rasgos el hombre los trataría deliberadamente de emular, generándose de una u otra forma cierto mimetismo y la experimentación de un mundo de diáfanas fronteras.

La otra realidad

Se podía entender como si una sola fuerza lo animara y diera coherencia a un todo. Las montañas, los ríos las nubes, y el viento se considerarían con vida propia. La existencia más bien sería vista como una metamorfosis, en la que continuamente se daban paso, la brillantez y la oscuridad, el calor y la frialdad, el movimiento y la quietud, el esplendor y la decadencia, la vida y la muerte. Así, un animal que era engullido por otro, no podía considerarse del todo muerto, si no adquiriendo nueva vida al imprimir algo de su esencia en su depredador.

Esto revelaría al hombre otra realidad. Una realidad que transcurría a contraluz y que se manifiesta en su propio y delicado lenguaje: el juego de luces y sombras, la variación de tonos en el paisaje, la caprichosa formas de las plantas y árboles, el reflejo del sol entre el follaje, la hipnótica danza y el crepitar del fuego, el murmullo del viento, el canto y revoloteo de las aves, el golpe de las gotas de agua, el estruendo del trueno, la dirección de la brisa y su juego sobre el propio cuerpo y los olores que acarreaba consigo. También podía percibirse un lenguaje propio en la orografía de un sitio cuando guardaba similitud con otros seres vivos.

Todas estas eran formas en que la fuerza espiritual se manifestaba y le indicaban al hombre la naturaleza de cada momento y lugar. Esta es la razón de que muchos pueblos ancestrales tomaran sus decisiones basados en la observación del entorno y hasta nombraran a los niños de acuerdo a lo que había ocurrido en el momento de su nacimiento.

El desarrollo de la civilización y el alejamiento del entorno

Nunca la vida ha sido fácil y en el entorno natural, mantenerse vivo representaba a diario un gran desafío. De hecho, se ha calculado que la esperanza de vida en ese tiempo no pasaba de los treinta años. Aún así, el hombre previo a la civilización consideraba a la naturaleza y su entorno su hogar y su abrigo. Y, en una relación tan íntima, más que miedo, debieron inspirarle un sentido de reverencia en su magnanimidad y perfección.

Sin embargo, en la medida en que fue desarrollando tecnología y surgieron las llamadas civilizaciones, el hombre se alejaría de su modo de vida inicial, perdiéndose en algún momento para occidente el sentido de integridad con el entorno. La naturaleza se volvió entonces ajena y amenazante, volviéndose preciso no solo tomar lo necesario sino explotarla al máximo, "dominarla", "conquistarla":

El legado del pensamiento anímico

Desde entonces se ha llegado a mirar y calificar como ignorancia del buen salvaje el sentido anímico que los viejos pueblos encontraron en todo su entorno, interpretando que fue el desconocimiento y el temor lo que le generarían esta visión. Pero la antigua forma de ver el mundo y sus prácticas han sobrevivido y mantenido su influencia hasta nuestros días no solo entre las viejas etnias, si no a través de las múltiples religiones y prácticas culturales. Y en las últimas décadas, a través de movimientos que buscan una espiritualidad renovada y una experimentación más directa del mundo, para descubrir que, tal vez, los hombres del pasado no estuvieron tan equivocados.

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